LA CALLE ZARAGOZA

Por Jesús Moya Casado

     De todas las vías urbanas de la ciudad de Valencia, ninguna era tan elegantemente popular como la calle de Zaragoza. Allí se habían instalado los establecimientos comerciales de objetos de más lujo: los hermanos Janini, Goerlich, Lubat, Burriel (don German), Colomina, Martí, El Buen Tono, el Bazar Giner… Y cerca de esta calle, en la vecina San Martín, los hermanos Sánchez de León, don José Conejos, don Manuel Pampló, Amador, Campoy, Ros… El cogollito del comercio valenciano se agrupaba en ambas calles y en la plaza de Santa Catalina. Muchos de estos comerciantes eran grandes señores, que no sólo atendían a sus deberes mercantiles sino que intervenían de una manera muy directa en la vida ciudadana. Y eso que eran tiempos en que ciertos resabios antiguos contribuían a que no se hubieran fundido todavía las clases sociales representativas del trabajo y de la riqueza.

     Con todos estos antecedentes, no es extraño que las calles de Zaragoza y San Martín, esta última entonces un estrecho callejón por el que a duras penas podía cruzar el tranvía de caballos, fueran las predilectas de los paseantes.

     De once a una de la tarde (entonces se comía muy temprano) y de seis a ocho de la noche, las mencionadas calles eran el paseo obligado del personal femenino. Las familias que habían estado de paseo en la Alameda, en sus coches, era de ritual, antes de meterse en casa, dar una “vueltecita” por la ciudad, la cual consistía en un pequeño rodeo para pasar por las citadas calles. Y ya de noche, una fila interminable de carruajes, que sumaban cientos, pausadamente, hacían el citado recorrido, recibiendo las muchachas que iban dentro infinidad de sombrerazos de los paseantes, que esperaban este número sólo por la satisfacción de repartir unos cuantos de aquellos saludos.

     Los estudiantes universitarios constituían los núcleos más numerosos de aquella paseante concurrencia, en la que predominaba la airosa capa española. Al gabán todavía se le llamaba “ruso”. Se le consideraba como una prenda exótica, propia de los helados países del entonces imperio de los zares. El tránsito se hacía muchos días difícil, porque era frecuente que en las aceras se formasen grupos que “tertulieaban” allí, como si estuvieran en lugar cerrado. El piropo fino vibraba aún en nuestras costumbres. Las mujeres sabían que una vuelta por las calles de Zaragoza y San Martín equivalía a llevarse a casa un deleitoso ramillete de piropos… ¡¿Y qué bella se resistía a tan atrayente tentación?!.

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