Las pulgas

Por Jesús Moya Casado

     Repasando noticias periodísticas del año 1929, me encuentro con una reseña que el malhumorado Sr. Kurt Lenz, redactor del periódico socialista Volksrecht que se editaba en Zurich y que pasaba por ser el más leído por el proletariado de la Suiza alemana, publicó en el mismo unas notas sobre su viaje por España.

     El susodicho, pasó por España y todo le pareció mal: La gente escupe por los balcones y por las ventanillas de los tranvías. Los trenes marchan a veinte kilómetros por hora cuando tienen prisa. Por los comedores de los principales hoteles vuelan libremente los murciélagos.

     El plumilla suizo, se superó a sí mismo como observador al fijarse en nuestros parásitos.

     Uno que no quiero nombrar y que vive agarrado a los pelos de casi todos los españoles, es de costumbres tan regulares, que dos veces al día y nunca más de dos veces, baja al comedor que es el cuero cabelludo. La pulga española, según el Sr. Lenz, es un modelo de longevidad. Tenemos –dice- ejemplares “tan astutos, que viven hasta nueve años”.

     Claro que en este punto en concreto, la información del redactor debió de ser unilateral. Yo, pobre juntaletras, podría ampliársela hoy en día: la pulga española vive, es exactísimo, nueve años, día más, día menos; pero cuando vive en barrios pobres y se alimenta de sangre del obrero. En los palacios, chupando esencia de duquesa, o jugo de banquero, vive mucho más.

     Una dama aristocrática, que sigue manteniendo incólume la virtud de veranear en el norte, me ha asegurado que todos los años, desde hace treinta, le pica la misma pulga en el mismo sitio en cuanto llega a la playa. He aquí una pulga que no envejece ni cambia de gustos.

     Hemos tenido también pulgas aficionadas al género ínfimo. Cultivaban los rincones más escondidos de nuestras cupletistas. Las pobres hembras tenían que salir a buscarse la pulga a la cruda luz de un foco, bajo la mirada vigilante de todos los espectadores. Por entonces se adoptó en España un himno nacional que se llamaba “¡La Pulga!”, para sustituir a la marcha de “Cádiz”.

     La pulga se ha naturalizado aquí tan firmemente, que ya ningún español tiene malas pulgas. La hemos elevado tanto de categoría, que las ronchas nos parecen condecoraciones. Es lástima que el Sr. Lenz no completase con todo esto sus averiguaciones en España. Por que otras cosas las vio bien. Eso de “les rates penades”, por ejemplo. No sólo hay murciélagos en los comedores de los grandes hoteles. Hay búhos, cornejas y lechuzas que se han acostumbrado a la plena luz y viven en ella tan a gusto. Es un caso más de adaptación al medio.

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