PEDRO Y EL LOBO DEL CABAÑAL

Por Jesús Moya Casado

     Corrían los últimos años del 1800. Todavía la tracción eléctrica no había llegado a los tranvías de Valencia. El tranvía llamado de sangre era dueño absoluto del servicio de pasajeros a los poblados marítimos, porque el que prestaban los trenes de la línea de Valencia al puerto era muy limitado, salvo los días festivos en verano. Pero el tranvía de sangre, en cuanto anochecía, iba reduciendo el servicio, y a las diez de la noche dejaba el campo a las antiguas tartanas, que aún se defendían recogiendo a aquellos pasajeros que tenían precisión de hacer dicho recorrido durante la noche.

Tranvía de sangre.

Tranvía de sangre pasando delante del Teatro Principal.

     Se quejaba el vecindario de que la Sociedad Valenciana de Tranvías retirase tan pronto sus coches, lo cual si perjudicaba en los meses de invierno, aún resultaban más cuantiosos los daños en verano, porque todavía el Cabañal y Cañamelar eran poblaciones (entonces constituían municipios independientes) de veraneo. Por fin, y debido a las incesantes gestiones de las colonias veraniegas, se logró que a las diez, a las once y a las doce saliera un tranvía-jardinera de la parada llamada Acequia del Gas, situada entre las calles de la Reina y San Rafael.

     Aquello fue un gran respiro, principalmente para los muchos novios que pelaban la pava por aquellas deliciosas rejas rasgadas de las alquerías de las citadas calles. Cinco minutos antes de partir el tranvía, el cobrador tocaba el pito, y esta era la señal para que acudiese el pasaje. De estos tres tranvías, como es natural, los novios preferían el de las doce. Aquello era un regalo; a las medias salía la jardinera de Valencia y a las horas, de la Acequia del Gas.

     En una de las alquerías próximas a dicha parada veraneaba el ingeniero don César Santomá con su familia. Don César y doña Carmen, su esposa, tenían dos hijos: Cesar y Ricardo.

     Un día a los niños, se les ocurrió hacerles una jugarreta a los novios de la jardinera. Compraron un pito tranviario, y bastante antes de las doce lo hicieron sonar. Los novios, apresuradamente dejaron sus rejas y acudieron al coche. Allí se encontraron con que no era la hora y que tuvieran que esperar un rato. Esto se repitió varias noches y acabaron aquellos por no hacer caso a estas primeras llamadas. Pero ocurrió una noche que los hermanos Santomá, intencionadamente, no tocaron el pito y creyendo los galanteadores que el aviso del conductor era falso, no acudieron, y aquella noche, echando sapos y culebras por la boca contra el chusco del pito, les tocó dirigirse al Grao entre las tinieblas nocturnas, entonces muy densas, porque el tranvía se había ido, y esperar en la calle Mayor del Grao a que llegase una tartana para llevarlos a Valencia.

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