LOS BAILES DEL PALACIO DE DOS AGUAS

Por Jesús Moya Casado

     La nota de mayor distinción entre la buena sociedad valenciana de finales del 1800 la daba el ser admitido a los bailes que semanalmente se celebraban en la suntuosa mansión de los señores marqueses de Dos Aguas. El acceso a estas fiestas de sociedad estaba muy limitado.

     Era la marquesa, doña María del Carmen Puigmoltó y Mayans, de la ilustre familia de Torrefiel, firme mantenedora de los rancios prestigios de su noble estirpe y a ello se acomodaba muy gustosamente su esposo el senador vitalicio del Reino don Vicente Dasí y Lluesma, quien a la sazón ostentaba el título de marqués de Dos Aguas.

     En los salones de este palacio sólo tenían entrada y con muchas restricciones, la más pura nobleza, las armas y las letras; estas dos últimas muy depuradas. La presentación iba precedida siempre de un discreto tanteo. Si éste era favorable, se señalaba día para la presentación en visita particular y en esta visita, muy ceremoniosa, los marqueses invitaban al “neófito” a los bailes.

     No tenían estas fiestas de sociedad carácter muy ostentoso. Su principal objeto era reunir la “espuma” de la gente joven, la cual pasaba allí un par de horas de comunicación muy agradable, en medio de unas costumbres sociales en que muchachos y muchachas apenas tenían ocasión de tratarse. El único baile admitido era el “de cuadro”. Se alternaban el que llamaban de lanceros con el rigodón. Vestían “ellos” de rigurosa etiqueta y “ellas” sus mejores galas, sin exposición de “canalillos” ni notas exageradas de moda.

     El palacio ofrecía todos sus encantos. La hermosa escalera, con sus criados uniformados en los rellanos, reflejaba bien la blasonada estirpe de sus dueños. Los salones, que conservaban aún todos los tesoros artísticos que esta poderosa familia fue acumulando con los años y los siglos, eran verdaderos estuches en los que se movían, siempre con irreprochable compostura, una brillante representación de nuestras guapas mujeres y otra de los “pollos” de aquel tiempo. No se permitían parejitas de novios que se pasaran la noche arrullándose, ni gestos ni actitudes que desentonaran. La corrección más absoluta reinaba en estas reuniones. Los dueños de la casa hacían los honores ayudados de la hija menor, porque las mayores estaban ya casadas y sólo de tarde en tarde acudían a estas fiestas y de don Vicente, el hijo más pequeño, por entonces tenía relaciones con la bella señorita María Hernández, hija de los condes de Villamar y que también por aquellos años fue agraciado con el título de conde de Daya Nueva, de la ilustre casa de sus padres.

     Tal era la importancia que se daba a estos bailes en el palacio que hubo quien se encargó tarjetas de visita en las que se anunciaba, aparte del nombre y dirección, el texto un tanto explícito que decía “visitante a los bailes del palacio de los señores marqueses de Dos Aguas”.

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