Los hermanos Bayona

Por Emilio García Reverter

   Miguel y José María Bayona Fariña eran los mayores de los cuatro hijos de D. Félix y de Dª. Delfina, maestros nacionales que estuvieron destinados en Chert durante los años cuarenta del siglo pasado. El nombre de los otros dos era Félix y María Luisa. Eran aragoneses, por lo que hablaban en castellano; no conocían el valenciano. Miguel y José María se hicieron amigos nuestros. De manera que en aquellos años la colla deIs Estudiants estuvo formada, además de por ellos dos, por Olegario Beltrán Meseguer, Ginés Jovaní Ferreres, Delfín Molmeneu Querol y por mí.

   Miguel era muy locuaz y alegre. Captaba inmediatamente el aspecto humorístico, en ocasiones cómico, de cualquier asunto o situación, y disfrutaba mucho cuando nos los contaba, a la vez que nos hacía reír. Eran una infinidad de cosas y de matices, pero en este momento, de las que puedan merecer ser referidas solamente recuerdos dos.

   En una ocasión, en el local en que se hallaba se fue de pronto la luz. El dueño o la persona responsable, exclamó:

   -¡Que avisen al sastre!

   Miguel se quedó asombrado, perplejo. "Pero ¡cómo!", se dijo; "en este pueblo cuando se va la luz ¿avisan al sastre? Entonces, cuando quieran hacerse un traje ¿acudirán al electricista?". No salía de su asombro; hasta que alguien le descifró el enigma. El que ahora era electricista había sido anteriormente sastre. Como todo el mundo le conocía por este oficio, ¿para qué cambiar la forma de referirse a él, aunque hubiera cambiado de oficio, si todos se entendían perfectamente? Aparte de que, por aquello del menor esfuerzo, si nos entendíamos con las dos sílabas de sastre, ¿para qué pronunciar las cinco de electricista?

   Este sastre convertido en electricista era el señor Melchor, hombre de serio semblante y una excelente persona. Tenía un vivé, depósito o alberca: el vivé del Sastre. Era muy grande, de profundidad adecuada para la natación. Se llenaba siempre con un agua muy limpia procedente de un manantial inmediato; como el caudal era escaso, daba tiempo a que en verano el Sol templara el agua. Él lo había construido y lo usaba para regar su huerto. Pero los jóvenes, los estudiantes principalmente, a falta de piscina y aunque quedaba un poco a trasmano del pueblo, íbamos allí a bañamos en verano. Ni siquiera teníamos que pedirle permiso. Tan solo si en alguna rara ocasión coincidíamos con él, le saludábamos muy amablemente, cruzábamos con él algunas frases amistosas y le mostrábamos nuestra gratitud por su condescendencia.

   Un día, estando bañándonos algunos de mis amigos y yo, llegó otro grupo de muchachos, un poco más jóvenes que nosotros y, para no formar excesiva aglomeración o para no sentirse cohibidos prefirieron irse a otro vivé que había un poco más abajo; no sé si también era del señor Melchor o si pertenecía a otro dueño. Este vivé era más corto y estrecho que el de arriba, pero más hondo, y por ello más peligroso.

   Al poco tiempo oímos unos gritos que venían de allí, pidiendo socorro. Acudimos precipitadamente y vimos que uno de ellos, Sócrates Salom, se estaba ahogando. Nos echamos al agua en su auxilio; el más rápido y eficaz, porque era el que mejor nadaba, fue José María Bayona. Cogiéndole de un brazo le sacó de la parte más profunda, le llevó a un reborde o saliente donde ya no cubría y allí le mantuvo de pié un momento. Inmediatamente entre todos le sacamos del vivé. Había tragado agua y estaba muy pálido, pero respiraba, por lo que no hubo necesidad de practicarle la respiración boca a boca. Le tendimos sobre un costado en el suelo, en una sombra. Expulsó agua y se fue recuperando poco a poco. Jamás se le olvidó a Sócrates este serio percance y nuestra oportuna ayuda; principalmente la rapidísima y decisiva intervención de José María.

   Pero volvamos a las turbaciones de Miguel. Le explicaban unos jóvenes que antes de la guerra de 1936 -1939 había en la calle de San Blas un salón de baile al que le llamaban "El Piano", porque era de ese instrumento la música de que se valían para bailar.

   -¿Y quién tocaba el piano? -les preguntó Miguel.

   -Vicente - , le respondió uno de ellos.

   -¡Ah! ¿Vicente sabe tocar el piano?

   -Sí. y cuando se cansaba él lo tocaba Antonio.

   -¿También Antonio sabe tocarlo?

   - Sí, también. Y si Antonio se cansaba lo tocaba Paco y Juanito.

   Miguel alucinaba; pensaba si estaría en un pueblo de melómanos artistas en el que todos o la mayoría de los jóvenes sabían tocar el piano.

   Viéndole la cara de sorpresa que ponía y sus gestos, entre la admiración y la duda, añadió su interlocutor:

   -No sé de qué te asombras. También yo lo tocaba.

   -¿Tu también?

   -Sí, hombre. Pero si es muy fácil: no hay más que hacer así, así, así y mientras lo decía, con una mano semicerrada trazaba en el aire unos círculos verticales, como dándole vueltas al manubrio de un organillo.

   En un instante le quedó todo claro a Miguel.

   Madrid, agosto de 2012

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